domingo

Poema XIV. Desde tu voz a mis oídos, desde tu corazón al mío

*


Y el amor te sacó la voz del sentimiento
y te atreviste a regalar los versos de Neruda.
Lo recitaste para mí.
Atesoro tu voz para lo eterno,
grabada en la memoria y en las máquinas...
Milagroso parece escuchar de nuevo tu voz enamorada.

Y después de recitar, pausadamente, con recreo, dijiste:


"Era el poema "Juegas todos los días" de Neruda, de ese libro maravilloso que me regalaste. La verdad es que es el que más me ha gustado de todos los poemas, y creo que el más apropiado para expresarte...que te quiero. Te quiero "lala". (y después sonó un beso)

No dejo aquí tu voz porque no quiero que nadie me la robe...
Era sólo para mí.








Juegas todos los días con la luz del universo.
Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.
Eres más que esta blanca cabecita que aprieto
como un racimo entre mis manos cada día.
A nadie te pareces desde que yo te amo.
Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.
¿Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur?
¡Ah, déjame recordarte cómo eras entonces, cuando aún no existías!
.
De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada.
El cielo es una red cuajada de peces sombríos.
Aquí vienen a dar todos los vientos, todos.
Se desviste la lluvia.
.
Pasan huyendo los pájaros.
El viento. El viento.
Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres.
El temporal arremolina hojas oscuras
y suelta todas los barcas que anoche amarraron al cielo.
.
Tú estas aquí. ¡Ah!, tú no huyes.
Tú me responderás hasta el último grito.
Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo.
Sin embargo, alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos.
.
Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas.
y tienes hasta los senos perfumados.
Mientras el viento triste galopa matando mariposas
yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.
.
Cuanto te habrá dolido acostumbrarte a mí...
a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.
Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos
y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos gigantes.
Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.
Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado.
Hasta te creo dueña del universo.
Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
avellanas oscuras y cestas silvestres de besos.
Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos.


Poema XIV
Pablo Neruda

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