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Cuatro años no son nada
dentro de toda una vida.
Cuatro años son muchos
cuando son muchos los que quedan por vivir,
cuando son pocos todavía los vividos,
cuando representan años cruciales en tu vida.
Cuatro años jóvenes
con la magnitud y la intensidad
de la propia juventud.
Cuatro años de descubrimientos,
de nuevas emociones y sentimientos.
Cuatro años de conocimiento mutuo,
de confidencias,
de explorar en cada uno
de los rincones del otro.
Cuatro años de experiencias,
a veces primerizas,
con toda la explosión que significa eso...
Cuatro años de mariposas
bailando en las barrigas.
Cuatro años de secretos.
Cuatro años de deseo y de ilusiones.
Cuatro años de sueños compartidos,
de proyectos de futuro planeados,
de esperas y desesperaciones,
de encuentros apasionantes y apasionados.
De entregas y de amores.
Y parecen poco cuatro años
pronunciados o leídos,
pues sólo ocupan dos palabras.
Cuánto puede dar uno en cuatro años!
Cuánto puede amar uno en cuatro años!
Cuánto puede vivir uno en cuatro años!
Cuatro años, dentro de los pocos que uno tiene,
son como un lustro cada uno de ellos.
Cuatro años no se borran como cuatro días
porque son años de nuestros mejores años.
Cuatro años que dejan su huella impresa
y por derecho propio.
Una huella que nos acompañará
como un lunar en la piel.
Como una historia sin final en la memoria.
Como una herida abierta y palpitante
en algún lugar del corazón.
Para siempre.
No reniego de ninguno de mis años
porque todos, incluso esos cuatro,
los viví plenamente, dando lo mejor de mí misma.
Uno nunca se arrepiente si dio lo mejor.
Ambos lo dimos...eso querías.
Esos cuatro años son irrepetibles.
Únicos.
Por su importancia y su impacto
dentro de nuestro joven, ansioso,
expectante, ilusionado,
loco, impaciente, primerizo,
explosivo, deseoso, novedoso,
eufórico
y enamorado corazón.
Cuatro años de darnos la vida.
Cuatro años...que se dice pronto.
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