*
Tú siempre volvías.
Y es comprensible. A nadie se le puede reprochar que quiera volver a ser feliz,
al lugar donde es feliz, con la persona que le hace feliz.
Por eso volvías siempre. Siempre.
Volvías y resucitabas nuevamente alimentándote con mi sal y mi azúcar, siempre inagotables. Me exprimías al tiempo que engordabas tú y tu ego.
Hasta que dije basta. No vuelvas más. No quiero seguir siendo tu fuente de vida,
ni tu pan ni tu sal.
De otro modo, si yo hubiera querido, estarías ahora mismo aquí.
Tú aquí conmigo, yo allá contigo, siendo feliz, como siempre.
Pero estar contigo y ser plenamente feliz al mismo tiempo fue imposible.
No podías darme la felicidad que siempre quise. No lo conseguiste.
Y la mediocridad no entra en los planes del amor.
Al menos en mi concepto de amor...
Quizás otra persona menos exigente, más conformista, a la que no le importe vivir el amor de forma mediocre (puede que porque esté deseando tener una pareja que nunca encontró) pueda ser feliz a tu lado (El tiempo pasa y apremia el deseo de emparejarse, verdad? Tú tenías prisa. Tú mismo me lo dijiste, y me diste razones...que no voy a repetir aquí por ser demasiado...íntimas). Seguramente será una persona así la que te acompañe en tu vida. Nunca alguien como yo, en el sentido de lo que representaba para ti.
Aunque con sólo mi deseo de tenerte y dos palabras mías, habrías vuelto de nuevo.
Se te pasó la oportunidad, la única, de sentir la vida como algo mágico.
Pero si yo hubiera querido, estarías aquí. Aquí, a mi lado.
Volver y quedarte para siempre hasta el último día de tu vida.
Ese fue siempre tu sueño y tu deseo.
¡Cuántas veces me suplicaste que no me fuera!
*
No hay comentarios:
Publicar un comentario