*
Una de anzuelos...que finalmente acaban pescando en aguas internacionales
Una vez te retraté. En caliente, desde la cercanía, en directo.
Cierto es que nos conocíamos poco tiempo, pero ese poco tiempo fue intenso y lleno de descubirmientos, o eso pensaba.
Mi descripción de tu retrato de entonces te sacó el asombro y la sonrisa. Dijiste exclamando que lo había clavado! Que eras tal como yo te definí. Y yo, qué ingenua, pensar que ciertamente era así. En realidad era lo que intuía, o mejor dicho, lo que quería intuir.
Y el darme la razón no fue más que un anzuelo, pienso, para engancharme más, para pescarme, y por otra parte, al definirte yo de una manera tan maravillosa, ¿cómo no adjudicarte tanta virtud si yo ya te creía virtuoso? Te dijiste a ti mismo: "se acepta definición porque no puede haber definición mejor". Un anzuelo. Inocente, simple, pero anzuelo al fin y al cabo.
Después del milagroso psicoanálisis, te reté a hacer lo mismo conmigo. Silencio, aplazamiento, demora. Y ¿por qué? No creo que fuera por no darme el gusto de seguir el juego, no. Más bien creo que no sabías qué decir de mí sin la peligrosa posibilidad de errar en el intento. Tu fobia al fracaso, al error, como siempre.
De hecho, al cabo de una eternidad, cuando por fin decidiste que no podías pasarte la vida dándome largas al respecto, y por mucho miedo que tuvieras a equivocarte con algún matiz que no encajara bien, me definiste tímidamente, vagamente, pisando de puntillas para no meter la pata. Joder, qué cobarde, qué miedoso ante cosa tan sencilla! Por supuesto yo fui sincera y te confesé que no habías acertado demasiado.
Pero por otra parte era normal. Ni me conocías lo suficiente, ni yo pretendí lanzar anzuelos falsos, como tú.
Aunque tampoco me extrañaron tus errores en la definición, pues como muchas veces me dijiste desde el principio y hasta el final, yo era distinta a todas las personas que habías conocido y conocías en tu vida. Por eso te enamoré tanto.
Con el tiempo llegaste a conocerme muy bien y fue entonces que descubriste en mí virtudes maravillosas, virtudes que no te cansabas de repetirme que te maravillaban. Pero eso será contado en otra ocasión...
Ahora ya no defino a nadie. Ni se me ocurre. A las personas las definen sus actos tarde o temprano. Todo se nos ve sin tener que mostrarlo. Incluso escondiéndolo, tapándolo, disimulándolo, se nos ve. Se te ve...
Por eso me río de aquel retrato magnífico y magnánimo de ti que hice. Me pudo la ilusión de que así fueras, pero claro, tú sólo eras perfecto en mi ilusión. Nada más. Te faltó la "demo" que ratificara tal maravilla a mis ojos :P
Jamás podrás hacer un retrato mío en frío de aquellos cuatro años que me dejara en mal lugar. Si lo hicieras así, primero, no podrías llamarte hombre, y segundo, te crecería la nariz hasta Canadá. Aunque ya te estoy imaginando, con tal de salvarte, retratándome como lo peor del mundo al tiempo que pescas en Canadá aprovechando tu nariz como caña. ¿A que no me equivoco tampoco esta vez?
No importa. Allá cada cual con lo que haga en su vida y las mentiras con las que conviva.
Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario