Algunos podéis pensar, leyendo este blog, que lo que hago es un acto de maldad.
Supongo que se puede ver así, sobre todo si no me conocéis.
Pero el que me conozca sabe que yo carezco de maldad. No sé hacer daño premeditado, a propósito, al contrario que tú, que guardabas siempre ese rencor, ese deseo de venganza con aquellos que en alguna ocasión se habían portado "mal" contigo, ya fuera jugando una inofensiva partida de ordenador o dándote un plantón un día. Se la tenías jurada incluso desde años atrás, e incluso a personas de tu más cercano entorno. No olvidabas ni perdonabas nada ni a nadie.
De hecho, de entre las virtudes que me reconociste, si había alguna destacable sobre las demás era precisamente la bondad. "¿Pero cómo puedes ser tannnn buena?"- me dijiste cientos de veces. Tú, desde tu condición interna miserable y vengativa, no podías entender mi actitud ante las personas que me causaron daño alguna vez. No entendías de olvidos ni perdones, mucho menos de comprensión y dejar pasar las cosas sin acumular odios y rencores. Tú siempre se la tenías jurada a todo aquel que te hubiera dañado lo más mínimo a lo largo de tu vida. Ya digo, incluso con las personas más cercanas a ti. Muy cercanas, mucho.
Pero no sólo era la bondad lo que me definía, según tú, siempre según tú, no lo digo yo. Me adjudicaste más virtudes, todas ellas maravillosas para ti.
Además de la bondad yo era la ternura ante tus ojos. La mayor ternura personificada jamás apreciada por ti. "Desprendes ternura por cada uno de tus poros", dijiste siempre. Y a ti la ternura te encantaba. Es un sentimiento dulce, muy dulce, que sólo las personas con dulzura pueden transmitir. Mi ternura te ablandaba, te suavizaba, te subía a una nube de algodón en la que te encontrabas feliz...absolutamente feliz y en paz contigo mismo y con el mundo. Estabas tan falto de ternura desde la niñez! Y junto con la ternura ensalzabas mi extrema sensibilidad frente a todo: el arte, la música, la poesía, el amor, la vida... Te acuerdas cuando murió mi abuelo, esas palabras que escribí... Tú lloraste al leerlas. Mi sensibilidad te emocionaba hasta ese extremo...
Comprensiva, solidaria, generosa al máximo. Mi prioridad era pensar en ti, ponerte en primer lugar. Jamás te comprometí ni me puse por encima de tus intereses. Todo lo contrario, yo te incitaba a cumplir con obligaciones y deberes ante todo; te ayudaba y daba ánimos para afrontar cualquier eventualidad, compromiso, y te ofrecía mis oídos y mi hombro sobre el que llorar siempre. Siempre te insté a reconciliarte con el mundo, como tú decías que yo conseguía, y a que dieras siempre lo mejor de ti, a que no faltaras a tus deberes y además a que vivieras una vida plena, divertida, con amigos, con tiempo para el ocio. Todo ello generosamente sin pensar en mí sino en tu propio bienestar. El egoísmo, algo de lo que a ti te sobra, no estuvo dentro de mí nunca. Yo me sacrificaba y me quedaba en segundo plano para que tú ocuparas siempre el primero. Eso siempre me lo agradeciste. Y también mi empeño en cuidarte al máximo.
Alegría. Yo era para ti la alegría de vivir. A pesar de tu sentido del humor eras una persona triste y gris. Seguramente por toda la mierda que llenaba tu interior. Yo te aportaba la chispa de la vida, la risa, la carcajada, el bienestar que todo ello nos aporta. Siempre levantaba tu ánimo y tu ego. Siempre conseguía que olvidaras un mal día, un mal momento, un mal pensamiento con mi alegría. Yo era muy divertida, según tú, y me confesaste en cientos de ocasiones que jamás en la vida podrías aburrirte conmigo. Lo pasabas divinamente, se te olvidaba todo lo malo. Dicen que el amor tiene los efectos de las drogas, esa adicción que te provoca el hecho de sentirte feliz. Uno quiere volver siempre a experimentar eso. Así estabas tú, enganchado del todo a mi droga que te proporcionaba felicidad.
Y junto con la alegría estaba la vitalidad y la pasión por todo. ¡¡Te comes la vida a bocados!!, me decías asombrado cuando tú apenas te atrevías a probarla. Creo que jamás llegaste a ver cansancio en mí. Todo lo contrario. Yo hacía de todo algo especial, diferente, mágico cuando se trataba de nosotros. Yo era capaz de resucitar tu alma muerta. Yo ponía la energía, las pilas, arrancaba el motor que te daba vida. Y aunque más joven e inexperta, aunque lejos de estar a tu altura intelectual, te enseñé lo que era vivir y sentir con pasión. No todo en la vida se aprende en los libros ni se consigue con títulos. Hay cosas que las lleva uno dentro sin más. Tú llevabas muy poco y yo te surtí de ello, de lo que te faltaba.
Amorosa, apasionada y entregada. Bueno, está claro que descubriste el amor conmigo. Eso ya de por sí tiene su importancia... Es algo tan grande que se apodera de uno, verdad? Mi amor, el amor nuestro se proyectó en todos los aspectos de tu vida. Tu vida se transformó en amor. Amor por mí. Tus continuos y deseados orgasmos llevaban mi nombre así como tus pensamientos primeros y últimos del día eran para mí. Incluso las claves de tu ordenador del trabajo llevaban mi nombre y el nombre de uno de tus trabajos nació de mí. Todo en tu vida estaba ligado al amor nuestro con un lazo invisible y fuerte. Mi entrega no tenía límites y mi pasión era tal que te desbordaba. El deseo es la antesala de la experiencia y con sólo el deseo conseguí que sintieras, que experimentaras el amor como si mis manos te acariciaran, mi lengua te recorriera y mi cuerpo estuviera unido al tuyo. En ese sentido estabas henchido de gozo, satisfecho y con el sueño permanente de que tuviera continuidad de por vida. Tu cuerpo reaccionaba de tal manera...
Todo virtudes. Yo no tenía defectos para ti. Yo era perfecta para ti. Reconócelo.
Si lo niegas ahora, entonces qué pasaba? Que estabas enamorado de mí hasta la médula y tu gran amor, tu gran pasión te cegaba? Sí, estabas enamorado hasta la médula pero eras muy consciente. Tú eres muy consciente de todo. Y yo no te eché nada en la bebida...
Pues todas esas eran las virtudes que según tú yo poseía, entre otras. Insisto, no lo digo yo, lo decías tú y no parabas de repetirlo. Te maravillaba tanta virtud. Quizás porque tú carecías de todo eso.
Las sigo teniendo, y no porque lo diga yo sino porque hay otro que las ve y las reconoce como hiciste tú mismo.
Así que no, no escribo aquí por maldad. Tú lo sabes.
Y para quien no lo sepa...si lo vieras por un agujerito cuando él lea esto, que lo lee (me gustaría que lo vieras, en serio, como yo) podrías observar su gesto de asentimiento en cada párrafo. No puede negarlo cuando nadie lo ve. Ha de reconocerlo si es sincero consigo mismo. Otra cosa es que lo niegue ante el amado público donde debe guardar las apariencias aunque sea mintiendo. Pero no en su conciencia, en la intimidad de su ser, al otro lado del espejo donde sólo él mismo puede reflejarse tal y como es. Allí donde su cobardía no sirve para nada. Verdad, morenito?
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